ENTREVISTA

  • Javier Sierra
    EL MAESTRO DEL PRADO
  • «Me considero espiritual, busco a Dios pero no lo he encontrado»
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    Entrevista con Javier Sierra. El maestro del Prado

    Esta novela, rebosante de arte, ¿se podría haber escrito desde otro museo y con otras obras, o tenía que ser El Prado?

    Se puede escribir con casi cualquier pinacoteca del mundo, porque en todas ellas, además de los cuadros más propagandísticos o más oficialistas, hay un puñado de obras que traslucen otra cosa y a mí me interesan esos cuadros, los que no tienen la carga exotérica, sino que tienen la esotérica. Esos cuadros se pintaron inspirados, yo creo, por una línea artística que viene desde la invención del arte en las cuevas rupestres hace treinta y cinco mil años. El arte, cuando lo crean por primera vez los sapiens, lo hacen con la intención de establecer un puente de comunicación entre el más allá y el más acá, es un rito mágico porque no pintaban bisontes sino almas de bisontes. Esto yo lo he localizado en el Museo del Prado pero lo podía haber encontrado en el Hermitage, en el Louvre o en cualquier gran colección.

     

    ¿En el Reina Sofía?

    Es una buena pregunta, un buen matiz. Sí, en algunos artistas, el problema que tuvieron las vanguardias, desde mi punto de vista, es que se centraron excesivamente en la forma, quisieron descomponer la realidad y le quitaron el espíritu al arte, que es para lo que se inventó. Por lo tanto solo un puñado de modernos, digamos que conservaron esa esencia. Uno es muy sorprendente, Picasso. Picasso viajó a Altamira y estudió las cuevas, y cuando emerge de allí se da cuenta de para qué sirve el arte y dice: «Después de esto, todo es decadencia».

     

    El maestro del Prado es una novela con un gran trabajo de investigación detrás, pero ¿dónde acaba la realidad y empieza la ficción?

    Ese es el gran misterio de mi libro y quiero que permanezca. Es un hilo que, sobre los mimbres de la ficción y el poder que tiene el mito, inoculo unas dosis de información que tiene que ver con el propósito último del arte. Le dejo esta tarea al lector, pero a diferencia de la mayoría de novelas, este libro añade un aparato de investigación por eso hay casi cien notas al final del libro donde justifico cada una de las grandes afirmaciones del «maestro» del Prado, hay incluso un índice onomástico donde poder localizar rápidamente la información que se requisa. Es una novela pero puede utilizarse también como una herramienta de aprendizaje.

     

    ¿Cuántas obras más te hubiera gustado meter en la novela pero tuviste que dejarlas fuera por cuestión de espacio?

    Ninguna. Te cuento, este libro es un ecosistema perfectamente estudiado donde no han entrado Goya y Velázquez, por ejemplo, simplemente por no saturar al lector. No quería caer en el mismo pecado en el que incurrimos la mayoría de los visitantes del Prado, vamos al museo y queremos verlo todo, pasamos de una época a otra sin transición, sin meditar las diferencias que hay entre un tiempo y otro, entre una intención de autor y otra, salimos del museo más deformados que formados. Yo no quería eso, no quería un viaje transversal a través del museo. Está muy seleccionado para provocar la justa inquietud y la justa necesidad para querer saber más.

     

    ¿Crees que El maestro del Prado se puede llegar a convertir en un referente para todo aquel que decida visitar el museo?

    Bueno, eso es una pretensión muy grande. Para mí con que despierte la curiosidad y haga que mucha gente que nunca ha visitado el Prado, ponga un pie dentro y se coloque delante de una obra de arte con la intención de caerse dentro, me doy por satisfecho.

     

    Entrevista con Javier Sierra. El maestro del PradoAprovechando la gran difusión de tus libros…

    El libro ha sido leído por la dirección del museo y les ha gustado, pero lo que más les ha gustado es que me fijo en obras que no son las más famosas del Prado. Es decir, yo no hablo de Las Meninas, sin embargo hablo de Juan de Juanes, el maestro valenciano, que tiene una Última cena que es asombrosa y que no tiene el número de visitas que merece. Este tipo de cosas quizá sí contribuye a cambiarlas.

     

    ¿Javier Sierra es quién es y ha llegado dónde ha llegado gracias a aquel hombre que se encontró un día en un museo cuando era joven? 

    Es una pregunta que yo me he hecho algunas veces. En parte sí porque en la época en la que surge mi novela ocurrió realmente. Yo me tropecé con un señor mayor que se ofreció a acompañarme a una serie de obras de arte para explicármelas con detalle, vio en mí a un jovencito muy desvalido pero con ganas de aprender y me ofreció esa sabiduría. En parte digo que sí porque, con el correr de los años, me he dado cuenta de que algunas de las lecciones que recibí de aquel personaje han influido en mi obra y en mi manera de pensar, y además he descubierto también que las grandes lecciones las tenemos que recibir de los mayores. Esto parece raro en un mundo que solo pondera lo joven y lo efímero, pero siempre ha sido así, siempre ha habido un proceso en el que nos obligaba a ser primero aprendices, luego oficiales y luego maestros. Esa es la clave, terminar encontrando al maestro que de la información necesaria al aprendiz y la madure durante un tiempo.

     

    ¿Quién es Luis Fovel?  

    Luis Fovel es un arquetipo, es el maestro, el depositario del conocimiento que ve llegado el momento de transmitirlo a un discípulo para que lo vaya madurando. Fovel planta una semilla en mí que ha ido creciendo durante estas dos últimas décadas. Es el maestro quien utiliza al discípulo, y también ese es el camino correcto de las cosas, tú vas buscando a aquel que tiene cualidades o actitudes para recibir ese conocimiento.

     

    ¿Cuánto has tenido que documentarte para escribir este libro teniendo en cuenta las interpretaciones de grandes estudiosos que mencionas de manera novelada?

    He tenido que documentarme, claro, pero ha sido un proceso que se ha hecho a lo largo de muchos años. Piensa que ya hace una década que publiqué La cena secreta, que es mi primer gran éxito vinculado con el arte, por lo tanto hay un poso de lecturas, de viajes y de estudio ya importante. De lo que me he dado cuenta recientemente es que toda mi obra está vinculada con el arte de una manera u otra. El arte forma parte de nuestra estructura como civilización y sin él no nos entendemos, por eso yo he acudido a todas las formas del arte posible como una manera de comprender de dónde venimos y quiénes somos.

     

    Campaña de promoción en el mismo museo y con un gran número de periodistas para explicar el libro. ¿Qué se siente como autor cuando ves en la cara de los oyentes lo que tú mismo estás sintiendo?

    Lo que se siente es mucha satisfacción porque ves que eres capaz de contagiar ese entusiasmo a quien te está escuchando. En el caso de los periodistas quizá es doble satisfacción porque los periodistas tienen un alma endurecida por su trabajo y todo lo que hace cotidianamente lo tiene que borrar al día siguiente para volver a empezar con su siguiente historia, y eso, al final, crea una cierta distancia entre el informador y la información. Yo sabía que algo iba a pasar en el museo porque no es lo mismo visitar el Prado de día, rodeado de turistas, en la aborigen natural del museo, que hacerlo a puerta cerrada, de noche, con invitación especial… de alguna manera quería reproducir, salvando las distancias y el tiempo, las primeras visitas de aquellos hombres al corazón de Altamira que entraban allí casi como si fuera un templo sagrado y utilizaban las pinturas de las paredes como provocación espiritual.

     

    Entrevista con Javier Sierra. El maestro del Prado¿Es lo más parecido a ver la cara de un lector cuando está leyendo el libro?

    No, el lector no tiene la misma cara. El lector se acerca a mi libro para disfrutarlo y no tiene el apremio de trabajar luego con lo que yo le he contado. Es distinto, es un receptor puro, lo que ocurre es que tengo la suerte de ver muchas caras de mis lectores porque mi actividad post escritura es muy amplia, hago mucha divulgación, mucha comunicación, muchos encuentros con los lectores, participo en clubes de lectura, a través de las redes sociales recibo también esa comunicación…. Tengo la suerte de entender si el mensaje llega o no llega y con este libro en particular, El maestro del Prado, veo que el mensaje está llegando más rápido y mejor que nunca. Esa es mi impresión.

     

    ¿Qué cuadros, aparte de los que mencionas en tu libro me recomiendas para mi próxima visita al Prado?

    Hay muchos claro, hay algunos que se han quedado fuera por esa vocación que yo tenía de no saturar al lector pero que son importantes, como por ejemplo El descendimiento de Van der Weyden, es una tabla increíble y los personajes parece que no estén pintados, parece que tengan vida propia y que van a salirse del cuadro, la técnica es fotográfica. También propondría pararme unos minutos delante del autorretrato de Durero, este pintor es el que más veces se ha autorretratado en la historia y en muchas ocasiones lo hizo como Jesucristo.

     

    Tus lectores siempre encontramos guiños a otras novelas anteriores en una especie de fidelización que solo entendemos los que te leemos, ¿por qué lo haces?

    Sí, pero no es fidelización, es porque yo entiendo mi literatura como un camino, para mí, mis libros, desde el primero hasta el último, siguen un camino. Quizá comprendo mejor el arte porque antes he perseguido el misterio, si no lo hubiera hecho no lo hubiera entendido. Mi literatura es un camino y es lógico que haga esas referencias cruzadas porque entiendo que no tengo lectores, tengo compañeros de viaje.

     

    Poseedor de varios premios y menciones, ¿cuál fue el que más te sorprendió por no esperarlo?

    Ninguno de los premios tradicionales del mundo literario. El premio que más me sorprendió fue el ver mis libros en los escaparates de cuarenta países, ver que de repente la librería más importante de Budapest te dedica el escaparate para ti, o ir a Estados Unidos  y, en medio de la nada, en un pueblo tiene tus libros ahí puestos. Ese es el premio.

     

    ¿Algún descubrimiento o averiguación que no te hayas atrevido a mencionar en la novela por respeto o miedo a las represalias de la Iglesia o poderes que todavía, hoy en día, nos dominan?

    No, porque al final una de las grandezas que tiene este trabajo es que te permite decir lo que no es cómodo para los poderes establecidos, pero de una manera inteligente sabiendo que el que lo va a leer es inteligente. A veces se subestima la capacidad del lector, no es mi caso, yo lo tengo en muy alta estima porque entiendo que lee y tiene unos códigos importantes de comprensión. Al final lo que he hecho ha sido abrir un poco la puerta, hay que abrirla un más todavía y queda mucho camino por recorrer, ese camino lo seguiré, evidentemente.

     

    Entrevista con Javier Sierra. El maestro del Prado

    ¿Qué crees que es aquello que jamás sabremos con seguridad sobre la Iglesia Católica?

    La gran mentira de sus orígenes. Jesús no fundó ninguna iglesia.

     

    ¿Te consideras un hombre religioso?

    Espiritual. La religión es un molde al que tienes que adaptarte, la espiritualidad es todo lo contrario, es quitar el molde y ser más libre. Yo me considero espiritual, busco a Dios pero no lo he encontrado.

     

    ¿Qué crees que hay «más allá»?

    Más allá de la vida hay más vida, igual que estoy convencido de que antes de la vida hubo más vida.

     

    ¿Cuál de tus libros te hizo pasar el mejor momento durante el proceso de escritura?

    Te diría que este, fíjate. El maestro del Prado ha sido un libro muy fluido, muy fácil, es como si de repente fuera la consecución de un camino que ha estado lleno de obstáculos y de cuesta arriba muy importante y con este ha resultado placentero, y no estoy acostumbrado a esto, mis libros suelen salir con más dolor.

     

    Un sueño que te quede por cumplir

    Ver crecer a mis hijos.

     

    Si las personas fuéramos colores por nuestra forma de ser, ¿de qué color sería Javier Sierra?

    Creo que sería un color crema tendiendo al blanco, me gustaría ser blanco.

     

    ¿De qué manía no te has podido librar con el paso del tiempo?

    De la obsesión por el dato. Es algo con lo crecí desde muy pequeño y, todavía hoy, sigue siendo mi talón de Aquiles. 

     

    Fina Grau / Carlos Romera

    Fotografías de Manuel Miguel y Carlos Díaz

     

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