OPINIÓN

  • ODIO AL TONTO EL HABA DEL CARRIL DEL MEDIO
  • Por Luisa Pérez
  • Sí, como suena, odio al “tonto el haba” que va por el carril del medio y además lo hace por defecto. Todos los días me encuentro con alguno, pero no os equivoquéis, no es el mismo, esto debe de ser como el refrán que dice “En todas partes cuecen tontoshabas”… ¿o no era así?

    ¿Quién no se ha visto en esa situación alguna vez? Todo el mundo, estoy segura. Cuando vas plácidamente conduciendo, cantando ese tema, que de tanto repetirlo en la radio te lo sabes de memoria pero no tienes ni puta idea de lo que dice, cuando de repente te encuentras al señor de turno, sí, digo bien, señor, porque siempre suele ser un señor entrado en años y con la barriga pegada al volante, y tú no puedes adelantar por la izquierda porque los otros chulitos vienen lijaos ni puedes cambiarte de carril, miras por el retrovisor y compruebas un puntito negro allá a lo lejos, muy lejos y sabes que por la derecha no viene nadie hasta dentro de media hora, y te preguntas qué hace este aquí. Pues lo adelanto por la derecha, decides. Bien, ya está.

    ¡Oh! ¿Qué esto? ¿Otro? Pues no me da la gana volver a adelantarlo por la derecha, este se quita como que me llamo Patricia y es cuando entras en acción. Aceleras y te acercas varias veces, pero nada, el tío no se inmuta. Bien, no pasa nada, plan B, le haces unas cuantas ráfagas con las largas, pero nada, el tío sigue sin apercibirse de que le estás recriminando su conducta. Bueno, ya me estoy poniendo nerviosa, de hecho ya lo estaba pero no quería confesarlo, y ya empiezas con la bocina, primero pequeños y cortos golpecitos para acabar aporreándolo sin despegar la mano del centro del volante, pero... de nuevo nada, no se da por aludido.

    Negra estoy ya, ¡no puede ser! Pero por qué no se quita, por qué no utiliza el carril de la derecha ya que va a una velocidad más que inferior a la permitida. Los bichos de mis intestinos suben hasta mi boca y los sapos y las culebras salen por ella. La bilis, esa sustancia amarga y asquerosa que vive dentro de nosotros, se solidifica y sale en forma de palabrota escupida junto a un montón de improperios que no me atrevo a repetir. Pero eso no es todo, yo creo que tenemos un botón de ON en alguna parte de nuestro organismo que se enciende cuando algo nos altera en exceso, ¿y cómo sabemos que ese botón está encendido o apagado? Pues muy fácil, por la inflamación de las venas que rodean nuestro iris, si está rojo y parece que vayan a explotar, es que está en ON.

    Y eso es lo que me acababa de pasar a mí, se me había encendido el botoncito y por eso cuando lo estoy adelantado por la derecha, no contenta con esto y con todos mis nervios a flor de piel que otro día os explicaré lo que es esto, reduzco hasta poner mi coche a su velocidad, y le miro, y me mira, y sonríe, y mi ojo estalla, y el cristal de mi ventanilla queda cubierto por un líquido viscoso y rojo. Sí, es mi ojo, se ha quedado pegado en el cristal de pura ira. Y el muy “tonto el haba” me sonríe de nuevo y me enseña su mano, más concretamente el dedo del medio, el mismo que ocupa el lugar en su mano que él en la puta autovía, y le sonrío y acelero, y decido pasar de todo.

    Al fin y al cabo no era más que un mascachapas de tres al cuarto con ganas de dar por saco.

    CONCLUSIÓN: Si dejáramos que se quemen las habas en el puchero no habría capullos por el carril del medio.

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